Me senté en mi antiguo banco, escuche el silencio total entre las cuatro paredes y vi las sillas y pupitres que parecían ser una hoja en blanco en la que se escribía la historia de aquel día. Comencé a recordar a mis compañeros sentados en esos bancos haciendo la tarea, jugando a las cartas, y mirando revistas. El silencio que abarcaba el aula entera comenzaba a acabarse con el recuerdo de los gritos de mis amigos cuando jugaban al truco, o de las chicas cuando hablaban de algún chico lindo.
Era como volver a vivir aquel día desde un lugar de espectador, en el que aquel entonces no me había tocado estar.
Todo ocurrió tan rápido que incluso hasta el día de hoy es difícil de comprender. Aparentemente todos éramos amigos, buenos compañeros e incluso muchos profesores habían destacado a nuestro curso como el más unido de todo el instituto. Pero… Al parecer no todo era tan perfecto.
Una mañana de invierno, el profesor iba a faltar y nosotros debíamos entrar tarde, ya que nos lo habían avisado el día anterior, pero acordamos entre todos ir en horario normal al colegio para jugar, divertirnos y pasar un buen rato juntos. La vieron ingresar por la puerta del salón, pensaron que simplemente había ido al baño y estaba volviendo, pero se quedaron mirándola porque no entendían porqué estaba trabando la puerta con un banco ni qué era lo que traía en ese estuche largo y negro, y en menos de un suspiro la vieron sacar de ahí a dentro un arma, una especie de escopeta o metralleta muy moderna. Todos empezaron a gritar, nadie sabía que hacer. Los profesores de las aulas cercanas escuchaban los gritos pero pensaban que sólo era porque estaban jugando. Nadie les prestaba principal atención pero todos reaccionaron al escuchar el ensordecedor ruido de los disparos. Los preceptores, directivos y profesores corrieron hacia el lugar de donde provenían los gritos de desesperación y anteriormente los disparos. Trataban por todos los medios de abrir la puerta que se había trabado de una manera poco lógica, mientras que seguían escuchando los constantes disparos que de un segundo al otro se detuvieron. Cuando lograron abrir la puerta habían pasado a penas 30 segundos; medio minuto que modificó por completo la historia de muchas personas.
Los alumnos que habían visto crecer año tras año desde la primaria, se encontraban desvanecidos en el piso, agonizando, con lágrimas en los ojos y grandes charcos de sangre a su alrededor, y una de esas débiles criaturas con un arma en sus manos y agachada en el suelo.
Cuatro adultos se aproximaron a la culpable de la masacre, otros a los chicos que estaban heridos y a los pobres niños que habían presenciado todo lo ocurrido que se encontraban inmovibles.
No alcanzaron las ambulancias, ni lo que los profesores pudieran hacer. Más de la mitad del curso falleció ese día, más de 15 chicos dijeron sus últimas palabras, más de 15 luces se apagaron, más de 15 jóvenes dieron su último respiro.
Tras lo ocurrido en mi escuela, ya nada era como antes. La directora, vise directora, preceptora e incluso la portera fueron despedidas. Los muchachos y muchachas que sobrevivieron, quedaron con grabes problemas psicológicos, y muchos otros chicos, de otros cursos se fueron también de la institución. Los que decidieron quedarse pensando que había sido culpa de aquella desquiciada chica y no del colegio, no se atreven ni siquiera a pasar por la puerta del salón donde ocurrió todo, por miedo, por superstición o respeto.
En esta aula tan confortable en la que transcurrió el horror, aún quedan marcadas las huellas del mismo. Las marcas de balas y de las manos con sangre de los chicos, a pesar de que intentaron taparles, siguen estando tan claras como aquel día en las paredes y en el suelo.
La escuela por respeto y en memoria a los chicos que fallecieron aquella mañana de invierno clausuró el salón, lo cerraron con candado y no ha sido vuelto a abrir desde hace ya casi 10 años.
Yo necesitaba volver a aquí y por eso me infiltré en esta noche tan fría con las estrellas alumbrando mi camino. Entré por la ventana y aquí estoy, sentada en mi vieja silla, y pensando en cómo es posible: que alguien pueda matar de un modo tan cruel a las personas que quería, que tras un juicio de meses declararan a una completa acecina inimputable por estar loca, que tras a penas 8 años la consideraran rehabilitada y le dieran el alta en el siquiatra. Pero principalmente no logro comprender como un ser con una mente tan podrida puede vivir dentro de mí.
Fin



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