En la boca del lobo
Había oído en el pueblo hablar de un hombre solitario que nunca sale de su casa. Decían que él es el séptimo hijo de una numerosa familia que vivía hace años en aquella pequeña casa junto al bosque. Una familia que desapareció de repente sin que nadie supiera por qué.
Escuchar que digan que en las noches de luna llena, ruidos extraños surgían de la casa de esta hombre, no era algo raro en este pequeño pueblito.
Algunos decían que era un hombre lobo, otros que había enloquecido cuando su familia lo abandonó, y otros, creo yo las más desquiciadas, pensaban que el diablo se había apoderado de su cuerpo.
A muchos vecinos el echo de no saber cuál era realmente el misterio que guarda este hombre, les producía miedo, pero a mi, al ser un periodista investigador, me causaba mucha intriga.
Decidí indagar bien sobre el lugar donde vivía el misterioso, y tomando precauciones, pero sin volverme supersticioso, me dispuse a ir a ese lugar con mi cámara fotográfica, y ver si podía captar alguna imagen interesante sobre el tema.
Al llegar vi que el lugar era particularmente tenebroso, porque a demás de tener en cuenta el echo de que estaba en mi coche en un camino desconocido en el medio del bosque, empeoraban la escena la niebla, la noche, el frío y la luna llena.
Iba en el automóvil con miedo y las luces del auto tenues para no llamar demasiado la atención. El motor se detuvo por el frío que hacía y un hombre golpeó a mi ventanilla. Estaba lastimado y con la ropa rasgada, y me suplicó que lo acercara hasta su casa. Al ver la desesperación que expresaban sus ojos, no pude hacer más que acceder a su petición.
El pobre hombre me indicó el que siguiera por ese sendero, que a pocos metros se encontraba su casa. Intenté que me dijera porqué se encontraba en ese estado pero no pronunció palabra alguna. Cuando llegamos al lugar que el extraño me había indicado como su hogar, me exalté al observar que coincidía con la descripción que los pueblerinos me habían dado sobre la guarida del misterioso hombre, pero intenté conservar la cordura y la calma.
Las nubes comenzaron a disiparse cuando el desvalido bajó de mi vehículo, y entre ellas iba apareciendo de a poco la luna llena. Al despejarse del todo miré con temor al hombre, para observar si tenía alguna reacción con lo que estaba pasando, y ver lo que le estaba ocurriendo fue lo más horrible que jamás había visto en toda mi vida: su piel se destrozaba, y con las garras que le habían salido en las manos, se las arrancaba del cuerpo, ese cuerpo que dejaba de se el de un humano para convertirse en el de una bestia. Su rostro comenzó a desfigurarse y a convertirse en el de un animal. Al finalizar esa metamorfosis que había sufrido el hombre, pude ver que se había convertido en una especie de perro endemoniado de tamaño colosal.
Intenté arrancar el motor de mi coche, que nuevamente se había apagado por el frío, pero esta ves no arrancó. Sin dudar ni un segundo abrí la puerta y salí corriendo. Sabía que probablemente era inútil hacer eso porque no serviría demasiado si la bestia intentaba alcanzarme, pero con intentarlo no perdía nada.
En un principio la bestia no se percató de que yo había salido corriendo, ya que evidentemente, no gozaba de mucha inteligencia, y gracias a eso pude correr libremente unos cuantos minutos. Me detuve penando que estaba a salvo y volteé para ver si el animal estaba tras de mi, y en menos de lo esperado estaba encima mío destrozando mi cuerpo.
Milagrosamente salí con vida, sólo que ahora hay una pequeña diferencia, ya no soy dueño de mi cuerpo en las noches de luna llena.
Fin


